¡Hola, soledad!

Soledad

Quedé con ella, como siempre, a la misma hora. Habló mucho. Nada nuevo: sus quejas, algún trauma, el sabor fresco de un par de alegrías, su esperanza frágil. No se dejaba interrumpir. Sabía de sobra lo que me iba a continuar diciendo, pero no me importaba que lo repitiera. Nos despedimos hasta el día siguiente y nos dimos un abrazo. Mientras la veía irse, notaba por dentro qué bien me hacía que mi soledad quisiera pasear conmigo y me contara sus cosas, como siempre, a la misma hora.

Francisco José Ruiz Pérez, sj

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