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Lecturas del mes de febrero de 2021 por Jorge J. Hernández Duarte – Consiliario de la HOAC

Lo de él era pasar haciendo el bien, sanando…

No pude dormir en toda la noche, era sabbhat, mi yerno Pedro y sus amigos con Jesús, se marcharon a la sinagoga muy temprano.

Yo no podía incorporarme, la fiebre (Mc 1,29-34), los mareos y el dolor de cabeza no me permitían moverme de la cama. La sensación era de que me moría. Mi hija, la mujer de Pedro, me atendía preocupada, nunca me había visto así. Había gente en la casa, Pedro y Andrés invitaron a Jesús a Santiago y a Juan. Me encantaba tenerles en casa. Eran agradecidos y simpáticos, aunque bastante tragones y un gran caldero de chólent[1] estaba a fuego lento desde ayer por la tarde.

Un amigo especial 1

Les oí llegar en una algarabía: “¿viste lo que le contestó Jesús al rabino?, se quedó de piedra”, “¿y el endemoniado?, increíble, después que Jesús le habló, estaba irreconocible, daba gusto estar con él. ¡Qué contento estaba!”

Todo el mundo estaba admirado con la autoridad y la fuerza de sus palabras (Mc 1,27-28) y ellos venían entusiasmados y orgullosos de ser amigos.

Oí a Jesús que preguntaba por mí. Es que era especial, siempre atento, alegre, servicial. Mi hija le dijo que tenía mucha fiebre, le oí contestar que ya lo sabía, Pedro se lo había dicho. Se acercó a mi camastro con una sonrisa; siempre miraba a los ojos. Me saludó con la mano en el corazón:

– Shalom.

Se sentó y me hablo de que el día estaba radiante, que había disfrutado del amanecer, que en sabbhat había mucha paz en Cafarnaúm, y que hoy, en la sinagoga, había mucho ambiente…

  • Los chicos me tienen agobiado, no paran de hablar. Lo decía con risas y con cariño.

Cuando me di cuenta me había tomado de la mano y me miraba con dulzura. Sentía que se ponía en mi lugar.

  • No te olvides que no estás sola, el Abba te quiere y te cuida, descansa. Por cierto –me dijo cuando se marchaba- hoy echaremos de menos tu khubz smeedeh. (Es un pan dulce y amarillo que se elabora con cúrcuma, semillas de sésamo negro, anís, azúcar, canela y que se rellena de trigo.)

Cuando salió me vi en pie y vistiéndome, con una frescura increíble me fui para la cocina y ante el asombro de mi hija le mandé a buscar lo que habíamos preparado para la comida de hoy.

A Jesús se le iluminó el rostro cuando los panecillos redondos, que le gustaban, caían sobre la mesa; imitaban, con sus aros concéntricos, a las primeras gotas gordas de lluvia al tocar el suelo, (yo les daba la forma con un molde de madera). Le encantaban con queso y aceitunas o con pasas.

Mi casa ya al atardecer, que era cuando refrescaba el día, era un hervidero de gente que iba y venía. Jesús, con una paciencia y una ternura increíble, acogía a  todo el mundo, especialmente a los enfermos.

¡Cómo les transformaba su mirada y atención! Se iban hablando de él maravillas en voz alta, cosa que a él no le gustaba. Yo le observaba al fondo del patio y sentía el orgullo de que aquel hombre de Dios, pasara por mi casa e hiciera de ella un lugar para sanar y la gente se sintiera bien.

Cada mañana desaparecía de madrugada (Mc 1,35-39) y regresaba con el rostro y la mirada trasformada. Pedro me decía que iba a orar, que pasaba mucho tiempo con Yavhé. Sólo así se podía entender su capacidad para estar y saber estar con tanta gente, nunca parecía cansado. Para todas y todos siempre tenía la palabra precisa, la mirada y la sonrisa que sanaban.

Pedro un día contó que les invitó a rezar con él en un monte (Mc 9,2-10), en el Tabor, y ese día descubrió qué era lo que le pasaba, cuando oraba se transformaba, y ellos experimentaron algo muy parecido, sintieron como si Dios les hubiera tocado lo más profundo de su ser, fue un instante de una paz profunda que no querían que acabara y, entonces, se dio cuenta que estaba y seguía a alguien muy especial, alguien que no solo hablaba de Dios, lo transparentaba, lo irradiaba…

Así es, Jesús pasaba, haciendo el bien, curando -así le gustaba decir a Pedro (Act 10,34-38)-; integrando a los que nadie quería, como el leproso con el que se sentaba a hablar sin miedo ¡y le tocó! (Mc 1,40-45), y, cuando lo hizo, su rostro, su piel, todo él resplandecía; ¡qué manos tenía!

Jesús pasaba, dejando huellas, por nuestra casa, por nuestras vidas, por la vida de nuestro pueblo Cafarnaúm. Nos invitaba a la conversión (Mc 1,12-15), al cambio, a la autenticidad, a ser transparentes y honestos, en la relación con Dios y con los demás (Mt 6,1-6.16-18).

A eso, a todo esto que he ido contado, a todo, lo llamaba el Reinado de Dios. Era lo que el Abba quería, decía. Y nos invitaba hacerlo posible ya, para que no sólo fuera un sueño de Padre Dios que él contaba, sino una realidad que vivíamos y podíamos enseñar, por lo menos un poco.

Muchas veces le dije quédate, pero lo de él era seguir pasando y dejando huellas imborrables.

Y el mar de Galilea parecía que acariciaba Cafarnaúm cuando él estaba.


[1] El chólent es el plato principal que se sirve caliente durante la comida del Shabbat, este día no se podía cocinar.