Pascua 6 C 2

ACTITUDES PASCUALES

Por Javier Castillo, sj

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Reflexiones sobre el Evangelio de Juan 14, 23-29 (6º Domingo de Pascua del Ciclo C – 26 de mayo de 2019)

A ninguno de nosotros nos parece extraña la invitación que hace la Iglesia en la Cuaresma a recorrer un itinerario de transformación interior para que, renovados a nivel personal y comunitario, acojamos el triunfo de la vida que celebramos en la Pascua. Por mencionar solo algunas de las propuestas, vemos que son numerosos los retiros de cuaresma, las celebraciones penitenciales y no pocas prácticas piadosas diseñadas para ese tiempo. Sin embargo, y esto no deja de sorprenderme, para el tiempo de Pascua no se propone nada que tenga, al menos un poco, la intensidad de la Cuaresma. Pareciera que, llegado el triunfo de la resurrección, los cristianos no tuviésemos nada que hacer y que el don de la nueva vida que nace del resucitado se cuida por sí solo. Pero, si hemos estado atentos a los evangelios de la Pascua, en ellos Jesús de Nazaret nos ha ido esbozando las tareas que debemos hacer sus discípulos para que los efectos de su triunfo sobre la muerte, el odio y el mal se prolonguen en el tiempo.

Ante la inminencia de su partida, que celebraremos con la Ascensión el próximo domingo, Jesús nos deja, a manera de testamento espiritual, dos nuevas actitudes que se convierten en condiciones de posibilidad para que la vida siga triunfando.

La paz os dejo, mi paz os doy… Es bonito ver cómo toda la vida de Jesús está enmarcada en dos anuncios de paz. Cuando nace, en aquél portal pobre y humilde de Belén, los pastores que acuden a verle son sorprendidos con el cántico del “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz…” y hoy, a punto de partir, nos deja su paz. Esto no puede ser coincidencia, es para poner de relieve que una de las características del Reino inaugurado por Jesús es la paz, una paz que brota de un corazón nuevo transformado por el amor y la justicia. La paz que nos ofrece Dios va mucho más allá de la ausencia de conflictos o de la celebración de tratados de armisticio entre los pueblos que se encuentran en guerra.

La paz de Dios se levanta sobre la reconstrucción de las estructuras de la convivencia que hace factible que se derriben los muros que nos separan: el odio, la injusticia, los prejuicios, la mentira, el engaño, la exclusión, el pensamiento único y la opresión entre otros.

La paz de Dios, que demanda verdad, justicia, reparación, garantía de no repetición y perdón, solo puede surgir en personas que sean capaces de amar y perdonar de corazón a los hermanos, de tender puentes de reconciliación para que sobre ellos transiten los brazos que se quieren abrazar de nuevo, los labios que quieren decir te quiero, te perdono, perdóname; personas que deseen ser artesanos de la justicia para construir un mundo nuevo donde todas y todos quepamos y donde las fronteras raciales, identitarias, de género o entre países de norte y sur sean una página pasada de la historia. En últimas, la paz de Dios requiere de hombres y mujeres con un corazón nuevo que prolongue en el día a día la buena noticia de que el amor, la vida y la paz, en Jesús, han vencido y la muerte no tiene la última palabra sobre nosotros.

La paz de Dios requiere de seres humanos abiertos al acontecer de Dios. Hombres y mujeres capaces de hacer suyos los valores del Evangelio y el modo de proceder de Jesús. Seres humanos que, con su vida, atestiguan que Dios ha puesto su morada en ellos.

No tiemble vuestro corazón ni se acobarde Los discípulos, que sufrieron la amargura de la orfandad en las horas de la muerte de Jesús, se empiezan a inquietar por las insinuaciones de la partida del Maestro: “conviene que yo me vaya”. Esos temores son disipados por el anuncio de la venida del Espíritu Santo pues no hay lugar para la cobardía y el temor cuando la fuerza de Dios, la nueva presencia de Jesús en el Espíritu, nos acompaña. Cuando las cosas se nos presentan grises recordemos que Él está con nosotros, que su amor y su gracia nos habitan. Como suele decir mi madre cuando hay alguna situación no muy buena: “Dios no se ha muerto, ni siquiera se sabe que esté enfermo”.

Aprender a descubrir el acontecer de Dios, mucha veces en medio del bullicio y de las voces atronadoras que lo quieren silenciar, requiere por parte de la comunidad de discípulos fortalecer la capacidad de escucha atenta de los signos de los tiempos; propiciar el diálogo abierto y humilde con la cultura, la ciencia, la tecnología y todas aquellas variables que hacen parte de la nueva arquitectura social y, de manera muy especial, promover una espiritualidad para la vida que, ayudada por el discernimiento, nos ayude a percibir con nitidez las llamadas urgentes que Dios nos hace ser artífices de una nueva era protagonizada por la vida.

Paz y presencia de Dios que nos anima y nos fortalece. Dos actitudes para seguir viviendo la Pascua y para prepararnos a la fiesta del Espíritu.

Javier Castillo Rodríguez, sj

Director del Centro Loyola de Las Palmas

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