Cuaresma 2 C 2

ROSTROS TRANSFIGURADOS

Por Javier Castillo, sj

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Reflexiones sobre el Evangelio de Lucas 9, 28-36 (2º Domingo del Tiempo de Cuaresma del Ciclo C – 17 de marzo de 2019)

La Cuaresma, como seguramente nos lo recordaron el Miércoles de Ceniza, es un camino pedagógico con una finalidad clara: ayudar a disponer los corazones para vivir plenamente el acontecimiento central de nuestra fe, la Pascua. Un camino, insisto, pedagógico, que nos invita a tomar conciencia, en primer lugar, de todo aquello que impide que en nuestra vida y en la sociedad acontezca de manera diáfana y contundente la vida digna para todas y todos y, en segundo lugar, de las enormes posibilidades que tenemos, como personas y comunidades, de proponer alternativas creíbles y viables para rehacer la marcha de la historia. En otras palabras, es un camino que nos coloca en dinámicas de cambio, de transformación y de conversión para pasar de un modo de proceder alejado de la propuesta del Evangelio a uno que opta y elige los senderos de Jesús.

Hemos recorrido dos etapas del camino: La primera, determinada por el reconocimiento de nuestra necesidad de conversión (Miércoles de Ceniza) y, la segunda, en la que se nos advertía que en el viaje hacia el hombre nuevo no faltarán los escollos y las tentaciones (Primer Domingo). La tercera etapa, si me permitís la simpleza, nos plantea la meta de este itinerario: ser hombres y mujeres transformados, transfigurados, por la irrupción de Dios en nuestras vidas.

La transfiguración, dice la famosa enciclopedia virtual Wikipedia “es una transformación de algo e implica un cambio de forma de modo tal que revela su verdadera naturaleza y cultura”. Dejemos que la Transfiguración de Jesús ilustre la que ha de ser nuestra propia transfiguración.

¿Qué pasó en el Tabor?… Pedro, Santiago y Juan van a ser testigos de la manifestación de la Gloria de Jesús, del triunfo del sí de Dios que inició su andadura en el “Hagamos Redención del género humano”, como lo presenta San Ignacio en la contemplación de la Encarnación (Ejercicios, 107) y se consumará con su muerte en Jerusalén. Los testigos viven un anticipo del triunfo del de Dios sobre una sociedad que se enroca en un no lleno de tentáculos que atrapan la esperanza, cercenan la ilusión y eclipsan la luz de los amaneceres promisorios.

El rostro del “Hijo escogido” se llena de la luz brillante de la vida que, gracias a su entrega generosa en la cruz, ya no tendrá ocaso. La palabra, que se insinúa en el Tabor, se consumará y se hará definitiva en la mañana del primer domingo cuando se nos diga, hoy como ayer, “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” (Lucas, 24, 5).

El rostro del “Hijo escogido” es avalado por la “presencia” de Moisés y Elías, pilares de la construcción del Pueblo de Dios del Antiguo Testamento antes de la “Presencia” de la plenitud de la Ley y la Profecía encarnada en Jesús de Nazaret.

¿Qué ha de pasar en nuestro Tabor?… La meta de la Cuaresma, lo decíamos arriba, es ayudar a vivir una auténtica transformación interior y, desde ésta, aportar un grano de arena en la construcción de una nueva sociedad marcada por la cultura de la vida, el diálogo, el encuentro, la reconciliación, la ternura… el amor.

Transfigurados por la certeza de ser hijos. Creo que el primer paso para dejarnos transformar por Jesús es creernos, de verdad, que todos somos “hijos en el Hijo”. La filiación es la fuente última de la dignidad de todas las personas y, en razón de esa certeza, me atrevo a decir que no hay hijos de segunda categoría; todos somos hijos queridos del Padre Dios que tomó la iniciativa y nos comunicó su vida. Dios es Padre de Todos y quiere que todos sus hijos se salven, por lo tanto, no nos corresponde a nosotros decir quién sí y quién no.

Transfigurados por la conciencia de ser hermanos. El correlato de la filiación es la fraternidad. Dios quiere que nos constituyamos en un pueblo de hermanos y hermanas que trabajan sin descanso por la vida con futuro para todos. En la fraternidad, creo yo, están las raíces de la justicia, la verdad, el perdón, la paz y un sinfín de elementos constructores del cambio.

Transfigurados por la apuesta de ser con otros. Hijos y hermanos se unen para ser comunidad, el lugar privilegiado donde se ponen en evidencia los valores del Evangelio. La transformación personal ha de trascender a la vida comunitaria. Es cierto que los procesos de conversión son personales pero, si éstos se quedan únicamente en el ámbito de la intimidad, corren el riesgo de ser como una lámpara que se pone debajo del celemín, bonita pero no alumbra  (Cf. Mateo 5, 15). En la Cuaresma se nos invita a trabajar para ser comunidades vivas, comprometidas, acogedoras, diversas, misericordiosas, samaritanas, misioneras y un larguísimo etcétera.

Pidamos al Jesús del Tabor que su presencia nos transforme tan hondamente que el brillo de nuestro rostro, por lo menos así lo deseamos, “revele nuestra verdadera naturaleza y cultura”.

Javier Castillo Rodríguez, sj

Director del Centro Loyola de Las Palmas

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