Ordinario 33 B

ÉL ESTA CERCA, A LA PUERTA

Por Javier Castillo, sj

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Reflexiones sobre el Evangelio de Marcos 13, 24-32 (33º Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo B – 18 de noviembre de 2018)

Es muy probable que la mesa de trabajo de los expertos en efectos especiales sea una de las que tiene la lista de encargos más larga en los famosos estudios de Hollywood en los Estados Unidos. De sus poderosos ordenadores han salido soles que dejan de alumbrar y calentar, estrellas y meteoritos que caen vertiginosamente sobre la tierra sembrando el caos y la confusión, océanos desbordados que devoran ciudades y extraños seres provenientes de planetas desconocidos que se apropian sin piedad de la vida de cuanto terrícola se les atraviesa.

En la Sagrada Escritura, disculpad la vulgar analogía, hay también lugar para los “efectos especiales”. Es un recurso literario del género apocalíptico para llamar la atención de los destinatarios del mensaje con una intencionalidad muy clara: llamar a la conversión e invitar a estar alerta ante aquello que no se sabe cómo y cuándo va a suceder o que supera la capacidad de entendimiento de la lógica humana. Jesús, en el pasaje de Marcos que reflexionamos, utiliza este género literario para describir los signos que señalarán que “él está cerca, a la puerta”.

“El sol se hará tiniebla, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre (…) para reunir a sus elegidos…”. Estos signos, ciertamente extraordinarios, tienen una versión ordinaria, cotidiana e histórica para señalar, de forma análoga, los signos que anteceden a una época de gran deterioro de la vida humana y de las estructuras sociales y de convivencia.

Hoy el sol no alumbra y las estrellas se caen cuando la supremacía de los propios intereses de las personas y los colectivos que tienen un acceso ilimitado a los bienes y servicios de la tierra son capaces de negar la posibilidad de vida con dignidad a cientos de miles de hombres y mujeres que luchan día a día por sobrevivir. Se nos caen las estrellas cuando constatamos que salvar el mercado financiero es más importante que ayudar a superar la hambruna en África o generar programas para potabilizar el agua en cientos de países del llamado sur. Se nos apaga el sol cuando la ética y los valores que colocaban en el centro al ser humano es desplazada por la del consumo, la competencia o la frivolidad. Se desbordan los océanos cuando éstos se convierten en la tumba de hombres, mujeres y niños que han perdido su vida buscando el sueño de la libertad. Se nos apaga el sol cuando nuestro horizonte de felicidad y de realización se hace tan pequeño que nos negamos la posibilidad de trascender, de soñar, de volar con alas de libertad y de cruzar el inmenso cielo para sentir y gustar la presencia de Dios.

Ante este panorama, desgarrador y aterrador, podemos tener dos actitudes:

La queja y el llanto… Sumarnos a la pléyade de hombres y mujeres que viven lamentándose de vivir la hora presente añorando tiempos pasados. Sumarnos a la voz de los profetas de desgracias que se complacen en señalar lo mal que estamos y en dividir el mundo entre buenos y malos como en las películas de vaqueros de antaño. El coro de las personas que vive de los lamentos y los llantos en los bares y en los autobuses es enorme, pero no hace nada.

La oportunidad y el desafío… La segunda actitud es la de sumarnos al grupo de personas que, ante las dificultades inherentes a la vida humana, a la fragilidad social y a los avatares de la historia, no se queda en los lamentos y en la elaboración de una larga lista de culpables, sino que, con responsabilidad, disciplina y realismo, indaga las causas y ofrece alternativas viables para ayudar a mitigar el dolor y el sufrimiento de tantos. Es una mirada y una actitud capaz de reconvertir la situación, por dolorosa o conflictiva que ésta sea, en oportunidad y desafío de crecimiento y en acicate para la creación de las condiciones de posibilidad que susciten vida en abundancia para todos.

Los discípulos de Jesús estamos llamados a esta segunda actitud. Ante el desmoronamiento de aquello que para nosotros es garantía de vida plena no nos quedamos quietos, nos organizamos y, llenos de esperanza, nos lanzamos en la búsqueda de los brotes verdes que anuncian que el verano está cerca y que el frío invierno, que silencia momentáneamente la vida, va pasando. Nos acompaña la certeza de que Dios no abandona su creación, al contrario, cuando estas cosas suceden él está cerca, a la puerta, disponible con su infinita misericordia para acogernos, bendecirnos, liberarnos y levantarnos. Dios es fiel.

Pidamos al buen Dios de la Vida que, ante el dolor y la sinrazón, nos de la mirada de la ilusión y el corazón de la esperanza para, una vez más, sentir que Él está cerca, a la puerta y con su ayuda, reconstruyamos la vida y la historia.

Javier Castillo Rodríguez, sj

Director del Centro Loyola de Las Palmas

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