Adviento 3 B

JESÚS, EL VERDADERO PROTAGONISTA 

Por Javier Castillo, sj

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Reflexiones sobre el Evangelio de Juan 1, 6-8. 19-28  (3er Domingo de Adviento – Ciclo B – 17 de Diciembre de 2017)

Desde hace unos meses, además de las tertulias y los debates políticos protagonizados por el proceso de Cataluña, la programación de la televisión española tiene un porcentaje importante de concursos para nuevos talentos musicales. Al mítico “Operación Triunfo” se le unen “La Voz” y “Tu cara me suena”. Del formato de “Tu cara me suena”, aunque también se da en los otros dos pero de forma menos evidente, me llama la atención el protagonismo excesivo de los jurados. Hay momentos en los que parece que el trabajo de los cantantes es simplemente una excusa para el lucimiento de los jurados dejando de lado a los verdaderos protagonistas del programa: los concursantes.

Juan el Bautista, en el diálogo con los sacerdotes y los levitas enviados por los judíos de Jerusalén que narra el Evangelio de hoy, se sale del formato de “Tu cara me suena” y, lejos de hacerse con el papel protagónico, señala con insistencia a quien es el verdadero centro de esta Historia de Salvación: Jesús de Nazaret, el hombre que viene detrás de él y que los judíos no conocen. Siguiendo con esta analogía, que puede parecer un tanto burda, os propongo un par de reflexiones:

El verdadero protagonista. Veinte siglos después del diálogo del Bautista con los enviados de los judíos, los discípulos y las comunidades de Jesús, que peregrinamos en esta hora de la humanidad, hemos de tener bien claro quién es el centro y cuál es la razón de nuestra predicación y de las acciones que, en coherencia con ese anuncio, llevamos a cabo.

La tentación de asumir el protagonismo, aún en estos tiempos en los que la Iglesia tiene un papel mucho menos relevante que en el pasado, sigue estando presente. Nos tienta creer que nuestro buen nombre, nuestra buena fama o nuestra preparación académica son la garantía de éxito para la obra evangelizadora. Nos tienta creer que nuestra creatividad, nuestro don de gentes o la capacidad para las relaciones sociales son definitivas para llevar a cabo la misión de Jesús aquí y ahora. Hacernos con el protagonismo, como toda tentación, se presenta con sutileza y, muchas veces, revestida de bondad. Es innegable que tener una buena formación y estar dotados de habilidades para las relaciones sociales y la gestión son ayudas para la misión, sin embargo, son eso, ayudas, medios, recursos pero nunca fines. La finalidad de todo lo que somos y hacemos es anunciar a Jesús y echarle una mano en la tarea de hacer realidad el reinado de Dios entre nosotros.

La tentación de la fama es muy golosa. Yo confieso que cuando hago algo medianamente bien, me gusta que me lo reconozcan o, como se dice ahora de una manera más elegante, recibir refuerzos positivos pues creo que, en una justa medida, eso está bien y nos ayuda a crecer. Sin embargo, cuando se pierde la armonía entre el justo reconocimiento del bien hecho y nos volvemos protagonistas perdemos el norte y terminamos “predicándonos a nosotros mismos”. Juan el Bautista, que gozaba de buena fama, nos da dos claves para no caer en la tentación de robarnos el protagonismo de Jesús: primera, la claridad de la misión. El que viene detrás es quien realizará y llevará a plenitud el plan de Dios anunciado por los profetas. Segunda, la humildad para reconocer que a Jesús, el que viene detrás, no es digno ni de desatar las correas de sus sandalias. Esa humildad es la que le hace decir con insistencia: Yo no soy la luz, yo no soy el Mesías, yo no soy el Profeta… El protagonista no soy yo, es Él.

Mostrar a Jesús. El descentramiento es la consecuencia lógica de colocar a Jesús en el centro. Nuestro ser y quehacer están al servicio de una causa mayor: Jesús y el Reino. Estamos llamados y convocados para ser testigos de la luz y, a través de nuestro testimonio, ayudar a otros en el camino de búsqueda de esa luz. Estamos llamados y convocados para dar a conocer a ese hombre maravilloso que muchos, como los judíos del Evangelio, no conocen o tienen una imagen desfigurada de Él.

El tiempo de Adviento es un tiempo propicio para ser testigos y para enseñar con nuestra vida la centralidad de Jesús y del Evangelio. Pidamos al Dios de los pobres y los humildes que, lejos de querer el protagonismo para nosotros, como Juan el Bautista señalemos con gozo y nitidez que el que viene, el que pronto nacerá en el Belén de nuestros corazones, es la razón y el sentido de todo lo que somos y hacemos.

Javier Castillo Rodríguez, sj

Director del Centro Loyola de Las Palmas

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