ordinario 2 c

SIGNOS DE AMOR Y GENEROSIDAD

Por Javier Castillo, sj

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Reflexiones sobre el Evangelio de Juan 2, 1-12 (2º Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo C – 20 de enero de 2019)

A lo largo de nuestra vida, como seguidores y discípulos de Jesús, es probable que hayamos tenido más de un acercamiento a las narraciones de los evangelios con el fin de conocer la persona de Jesús, su mensaje y su forma de actuar en medio de las comunidades que se iban formando en torno a Él. Para ello, como camino pedagógico, hemos traído a la memoria y al corazón sus “dichos” y sus “hechos” para que, inspirados en ellos, intentemos hacer nuestro su modo de ser y proceder, como diría san Pablo, para tener los mismos sentimientos de Cristo.

Una parte importante de las páginas del Evangelio nos muestra a un Jesús que se preocupa y se conmueve ante el dolor y el sufrimiento de las personas. El dolor que sus ojos ven, los lamentos que llegan a sus oídos, las lágrimas de los hombres y las mujeres tirados a la vera del camino, la tristeza de los que han perdido a sus seres queridos o les ven padecer una dolorosa enfermedad le llenan de ternura y compasión y se mueve a hacer algo en su favor. Esos “hechos” son los signos o milagros y no son pocos los que nos narran los evangelios: curaciones, expulsión de “demonios”, alimentar a los hambrientos, volver a la vida, etc. La motivación de Jesús para realizar estos signos maravillosos es evidente: le preocupan sus hermanos y le duele el dolor de los que sufren, especialmente los últimos, que son sus preferidos. No obstante, el que nos narra Juan este domingo parece que se sale del molde: ¿qué necesidad urgente soluciona Jesús? ¿El que los paisanos de Caná, que están disfrutando la fiesta, sientan que empieza a disminuir el vino es suficiente para que Jesús haga una señal, es más, la primera señal? Podríamos ver en el rostro de los anfitriones un poco de agobio al constatar su falta de cálculo al proveer el vino para la fiesta, pero, ¿es suficiente motivación para ese milagro?

Detrás de este primer signo, al parecer no tan necesario como una curación, se nos revelan tres aspectos de la vida y misión de Jesús que nos pueden interpelar para nuestra vida.

La generosidad sin límite. El pasaje del Evangelio nos dice que los anfitriones de la boda se quedaron sin vino y, como es obvio, su preocupación tuvo que ser grande pues había mucha gente invitada. Jesús, que en principio se había mostrado reacio a hacer un signo para ayudar a solucionar este impase, pues aún no había llegado “su hora” (término importante en el Evangelio de Juan para referirse a la misión del Hijo. Recordad el inicio del pasaje del lavatorio de los pies: habiendo llegado la hora de pasar de este mundo al Padre…), hace un signo de una generosidad desbordante. Pide que llenen de agua seis tinajas que harían, según el texto, unos 600 litros, suficiente para emborrachar a toda la comarca de Caná. Dice el jesuita Hermann Rodríguez que “cuando se da lo necesario es caridad, pero cuando se da lo que estrictamente no se necesita, se llama generosidad” y aquí la de Jesús es sin límite. Este signo nos revela una de las características fundamentales del modo de proceder de Jesús: su amor sin límite a la humanidad le lleva a una generosidad desproporcionada que ayuda a poner las condiciones para que el hombre tenga vida y felicidad en abundancia. ¡Dios quiere que seamos felices!

El vino nuevo es mejor. El mayordomo se sorprende ante la calidad del vino nuevo. Es que Jesús es el vino nuevo, en Él se supera y se lleva a plenitud la ley y los profetas revelados en el Antiguo Testamento. A partir de Jesús, la historia de la relación de Dios con la humanidad no va ser desde la lejanía (ver a Dios era morir en el Antiguo Testamento) sino desde la cercanía del Abbá, del Padre bueno que nos ama sin límite en la persona de su Hijo amado como lo escuchábamos en el Evangelio del Bautismo de Jesús.

María intercesora. Una palabra final para destacar el papel de María en la vida y misión de Jesús. Ante la respuesta, un poco tosca de Jesús, María no se descompone, asume su papel de intercesora y, desoyendo a su Hijo, les da la clave para relacionarse con Él: “Haced lo que él os diga…”. Una bella expresión para invitarnos a fiarnos de Jesús, a acoger su forma de ser y estar en el mundo y con los hermanos, a hacer de sus criterios nuestros criterios, en últimas, a hacer nuestros sus sentimientos como decíamos al inicio.

Una pregunta para la reflexión en esta semana: En nuestra vida, ¿hemos hecho alguna acción de generosidad sin límite como la de Jesús? ¿Hemos ido más allá de dar lo necesario para compartir con abundancia lo que somos y tenemos? ¿Hemos sido testigos de este vino nuevo que es capaz de dotar de sentido la vida de quienes caminan con nosotros? ¿Hemos sido, como María, facilitadores del encuentro de los otros con Jesús?

Javier Castillo Rodríguez, sj

Director del Centro Loyola de Las Palmas

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