Ordinario 15 C

Aviso: A partir del lunes 15 de julio de 2019 las secciones “Un espacio para la reflexión” y “Ecos de la Palabra” se publicarán en la página https://miradaalinterior.wordpress.com/ 

¡QUIÉN ES MI PRÓJIMO?

Por Javier Castillo, sj

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Reflexiones sobre el Evangelio de Lucas 10, 25-37 (15º Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo C – 14 de julio de 2019)

Llevamos dos domingos dedicados a reflexionar sobre el modo de proceder de quienes hemos aceptado la invitación de Jesús a seguirle y a ser colaboradores de su misión. Hemos reflexionado sobre la pobreza, la sencillez, la libertad y la creatividad entre otras. Para terminar este ciclo de instrucciones para seguir a Jesús, el Evangelio de hoy, a manera de colofón, nos ofrece la que ha de ser la señal característica de nuestro modo de proceder: el amor que se traduce en misericordia.

El diálogo del Evangelio inicia con una sencilla pregunta: ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? La respuesta del letrado, avalada por Jesús, es clara y concisa: amar a Dios y al prójimo como a uno mismo. Hay dos componentes de la respuesta que, por lo menos a simple vista, no presentan mayor dificultad: el amor a Dios y a uno mismo. Sin embargo, el amor al prójimo, no siempre es tan evidente y merece una explicación mayor por parte del Señor.

¿Quién es el prójimo? En la respuesta a esta pregunta encontramos la clave para entender el camino del amor que nos presenta Jesús y una señal inequívoca para saber si estamos transitando por los caminos del Reino. Amar a Dios y tener una alta autoestima puede resultarnos más fácil por la bondad, la comprensión, la ternura y la confianza que nos inspiran los destinatarios de nuestro amor. No obstante, cuando el destinatario de nuestro amor es un hermano, con quien tenemos dificultades de trato o que para nosotros no cuenta o no existe, la situación se hace más compleja y exigente. Conviene al respecto recordar lo que nos dice la primera carta de San Juan: “Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; pues si no ama al hermano suyo a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y el mandato que nos dio es que quien ama a Dios ame también a su hermano” (4,20-21).

La parábola del Buen Samaritano nos ofrece tres pistas para responder a la pregunta y para captar las diferentes lógicas o formas de comportamiento con el prójimo.

Primera lógica: Lo tuyo es mío. Es la lógica de los ladrones que asaltaron al hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó. Una lógica en la que caemos cuando, atrapados por el consumo y el deseo de acumulación, nos apropiamos de lo que es de los demás y de aquello que las personas necesitan para vivir con dignidad. Esta apropiación de lo que le corresponde a los demás no se limita a lo material pues, en muchas ocasiones, lo que  les arrebatamos es su honra, su cultura, sus valores ancestrales, su identidad, sus derechos y un largo etcétera. Ciertamente, para los seguidores de esta lógica, el otro, no es su prójimo.

Segunda lógica: Lo tuyo es tuyo. Es la lógica de los sacerdotes y levitas del Evangelio que dan un rodeo para no implicarse en la suerte del hombre caído. Hombres y mujeres que pasan de largo ante el dolor y el sufrimiento porque han sido atrapados por las redes de la globalización de la indiferencia que con frecuencia nos recuerda el Papa Francisco a propósito de la inacción de los países poderosos ante el drama de la inmigración. Dicho en palabras sencillas, es cuando ante el dolor de una persona nosotros respondemos: es tu problema, allá tú… yo sigo mi camino porque no es mi problema. Ante las cientos de justificaciones que escuchamos o decimos, el Señor nos llama a estar muy atentos y finos en el discernimiento para denunciar esta perversa lógica y para anunciar las alternativas que nos ofrece la justicia y los valores del Evangelio. Para los seguidores de esta lógica es muy difícil ver en el otro al prójimo.

Tercera lógica. Lo mío es tuyo. Es la de Jesús representada bellamente por el Buen Samaritano (un extranjero). Es la lógica que se conmueve, se implica y se convierte en acción misericordiosa ante la vida del hermano que sufre. Todo lo de Jesús se hace don para que el abatido se levante y recobre la vida que los mercaderes de la muerte le habían arrebatado. Siguiendo con Francisco, decía en Lampedusa  hace ya seis años que “somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llorar, del ‘padecer con’: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!”. Ante esta tentación de indolencia, veamos cómo Jesús no pasa de largo, su corazón, quebrantado ante tanto dolor, lo mueve a detenerse y a obrar con generosidad la misericordia. Da y se da con un amor sin límite porque esa persona, tirada y medio muerta, ¡es su prójimo, es su hermano!

Es claro que la tercera lógica es la que define quién es nuestro prójimo, aquél a quien estamos llamados a amar como reflejo del amor a Dios y a nosotros mismos. ¿Qué tarea nos queda? No propiamente esperar a que el otro se acerque y se haga próximo para amarlo sino, salir de nosotros mismos, y acercarnos al otro para hacerle prójimo, amarlo y servirle.

Javier Castillo Rodríguez, sj

Director del Centro Loyola de Las Palmas

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