Trinidad C

MODELO COMUNITARIO

Por Javier Castillo, sj

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Reflexiones sobre el Evangelio de Juan 16, 12-15 (Fiesta de la Santísima Trinidad del Ciclo C – 16 de junio de 2019)

Quisiera iniciar esta reflexión haciendo un voto de humildad intelectual para reconocer que al misterio de la Trinidad solo me es posible acercarme desde el don de la fe y que, desde la limitación de mis razonamientos, no puedo más que ofreceros algunas pistas para que os dejéis llevar por este misterio de amor y comunión que supera, por mucho, el alcance de nuestra inteligencia.

No obstante la pequeñez de nuestra razón para sondear el misterio de la Trinidad, hemos de reconocer que a lo largo de la historia de la Iglesia han sido muchas las personas que nos han ayudado a buscar la razonabilidad de la fe y a hacer un acercamiento lúcido al misterio de Dios sabiendo que, en algún momento de la reflexión, será necesario dar el salto de la fe pues, de lo contrario, nuestra inteligencia humana caería en el artificio de querer demostrar la “cuadratura del círculo” o de inventar un dios a nuestra medida. Muchas de estas personas se han valido de imágenes y de metáforas para ilustrar el misterio de la Trinidad, yo personalmente me quedo con la de San Agustín de Hipona que escribía: “Aquí tenemos tres cosas: el Amante, el Amado y el Amor; un Padre Amante, un Hijo Amado y el vínculo que mantiene unidos a los dos, el Espíritu de Amor”. Otra imagen que suelo usar con los niños, obviamente lejos de la altura de las de San Agustín o Tomás de Aquino, es la de hablar de un partido o una obra de teatro de tres escenas en la que, aunque los tres protagonistas están siempre, cada uno tiene una “escena” de la que es protagonista, así, el Padre es protagonista de la primera etapa de la historia de la Salvación, desde la creación hasta Juan Bautista; el Hijo protagoniza el momento en que Dios se hace parte de la historia compartiendo nuestra humanidad y, finalmente, el Espíritu, protagoniza el tiempo de la Iglesia haciendo presente el don del Padre y del Hijo. Imágenes limitadas que solo son un atisbo de ese misterio que más que entender estamos llamados a creer, admirar y vivir.

¿Qué nos enseña  este misterio de Dios? Os sugiero estas dos invitaciones que creo que nos pueden ayudar a vivir al Dios Uno y Trino en nuestra experiencia creyente:

Llamados a la comunión. El modelo de sociedad que nos ofrece la Trinidad es un modelo comunitario. La implicación de las tres personas en toda la obra de Salvación es la que dota de sentido su ser y su quehacer; su vida y su misión. En la comunidad de Dios hay una comunicación fluida entre las personas que permite que la obra y los logros de cada uno de sus miembros sea la obra de los otros porque hay una fuerte complicidad en el amor y la misión: todo lo del Padre es del Hijo y todo lo del Hijo es del Padre. En la comunidad de Dios no hay celos ni rivalidad pues cuando lo central es la misión ninguno quiere figurar por encima del otro. Su ser se define por el salir de sí mismo dándose y entregándose para la vida.

Hoy seguimos llamados a construir comunidades significativas que, a través de su vida y su misión, actualicen el don de un Dios que se hizo comunión, que se hizo comunidad.

Comunidad para la misión. La vida de comunidad no es una simple cohabitación de personas. Lo que define su identidad más profunda es la misión y ésta, siguiendo el modelo de la Trinidad, no es otra que salvar: “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo”. Hoy podemos sumarnos a la acción salvífica de Dios de diversas formas:

Cuando tomamos la bandera del trabajo por la vida digna para todos los seres humanos que habitan el planeta sin hacer ninguna distinción. Qué nadie quede excluido de lo necesario para llevar una vida que se pueda calificar de “humana”.

Cuando, junto con otras y otros, nos comprometemos en la lucha por la justicia, la verdad, la paz y la reconciliación. Las fracturas que vive la humanidad nos roban la alegría y nosotros, con la fuerza de Dios, queremos ayudar a que renazca la ilusión y los hombres y las mujeres vuelvan a tener el derecho a soñar.

Cuando abrimos nuestra mirada y nuestro corazón para comprender la vida y la historia con ternura, misericordia y compasión. Cuando la mirada inquisidora, que se alimenta de los juicios y las sentencias, cede el lugar a la acogida, el perdón y la celebración de la vida.

Cuando, sin temor, ofrecemos al mundo la bandera del proyecto de Jesús que, aunque discutida por algunos, para nosotros es la razón de nuestra esperanza.

Pidamos al Dios de la Comunión que nos ayude a vivir en unidad y comunidad para la misión. 

Javier Castillo Rodríguez, sj

Director del Centro Loyola de Las Palmas

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