Ordinario 13 C

CLAVES PARA DECIDIRSE

Por Javier Castillo, sj

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Reflexiones sobre el Evangelio de Lucas 9, 51-62 (13º Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo C – 30 de junio de 2019)

En la década de los sesenta, cuando yo nacía, la vida era mucho menos compleja y complicada que la de hoy. Nuestra mirada se circunscribía a lo local y a unas cuantas “meganoticias internacionales” que llegaban a través de vetustos teletipos pero, nada que ver, con la inmediatez y con la conectividad global de la era presente. Lo global, ciertamente, no aparecía en el lenguaje de la sociedad. En otro orden de ideas, un niño de los sesenta, a la hora de decidir un juego o un canal de televisión, no tenía que elegir entre los miles de videojuegos on-line que tiene su dispositivo móvil o entre los más de 300 canales, ¡era, la uno o la dos, Atari o Atari!

No obstante los cambios en la fisonomía de la sociedad, hay algo que se ha mantenido a lo largo de los siglos: tenemos que tomar decisiones, tenemos que discernir. El Evangelio que contemplamos hoy es una invitación a decidir y a ponderar con claridad la calidad del sí que, tanto hoy como ayer, estamos invitados a darle al Señor.

Os invito a pasar por el corazón y la razón estas tres claves para decidir y actuar a la manera de Jesús.

Artesanos de la paz y de la no violencia. El proyecto de Jesús no se impone a la fuerza sino con el poder inerme y seductor del amor, el respeto y la libertad. Sin embargo, no pocas veces hemos caído, a lo largo de nuestra historia, en la tentación de creer que solo nosotros tenemos la verdad y que solo nosotros poseemos las llaves que abren las puertas de la salvación. Esta tentación nos ha llevado a imponer nuestras creencias a los demás con un afán proselitista que riñe con el respeto a la libertad de los otros. Cuando nosotros, como los discípulos del Evangelio, descargamos nuestra violencia contra aquellos que no aceptan nuestra verdad y nuestros códigos morales no esperemos el aplauso del Señor, esperemos su interpelación, porque su proyecto no se impone, se propone para ser aceptado en libertad. Leído en positivo, el Señor nos invita a ser una Iglesia dialogante, abierta, plural que propone su camino y respeta los caminos de los demás. Eso de hacer “bajar fuego” sobre quienes no nos reciben no cabe en el seno de una Iglesia que está llamada a tender puentes de reconciliación por los que transiten todas las personas de buena voluntad.

En pobreza y humildad. Como no hacer eco del deseo del Papa Francisco en su primera semana de servicio a la Iglesia: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres”. El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza… Para seguir a Jesús hoy, no basta con buenas intenciones y discursos socialmente correctos. Las actuales circunstancias de la sociedad exigen al que se atreve a decir sí al Señor una opción clara por una cultura de la austeridad o, en palabras de Ignacio Ellacuría, por una civilización de la pobreza. El afán de lucro y el poner el dinero por encima de la dignidad de las personas es la causa de los atropellos que sufren miles de hermanos a lo largo de toda la geografía del planeta. La injusticia, la pésima repartición de la riqueza clama al Dios del cielo justicia. El desprendimiento, la austeridad compartida, la solidaridad, son algunos de los nuevos nombres de quienes, optando por ser pobres, combaten la pobreza. Sin una opción clara por los pobres, la Iglesia y cada uno de nosotros en particular, no seremos testigos de aquél que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza y colmarnos de dignidad, vida y amor.

Con esperanza y abiertos al futuro. Dejadme compartir una de mis neurosis. Hay una frase que cuando la escucho se me revuelve todo: “aquí siempre se ha hecho así”. En estos tiempos que corren, en los que la comunidad de los creyentes va siendo un pequeño resto, se necesita dar rienda suelta a la creatividad, a la audacia, a la innovación y a los sueños antes que echar la mirada atrás con la nostalgia de un espléndido pasado. Quedarnos anclados en el pasado puede llevarnos a dar respuestas de ayer a los problemas de hoy con la consecuente ruptura de los canales de comunicación con el hombre contemporáneo. El tiempo presente nos desafía, nos exige respuestas arriesgadas y novedosas. Siguiendo al Papa Francisco recuerdo una de esas frases impactantes, “Prefiero una Iglesia accidentada, a una que está enferma por cerrarse”. Es la actitud que pide Jesús a sus interlocutores del Evangelio, el que echa la vista atrás no vale para el reino. Esa apertura al futuro con esperanza, nos llama también a priorizar y a posponer no pocas de las cosas que nos hacen “felices” para dedicarnos a aquellas que nos llenan de sentido.

Tres claves para decirle sí a Jesús. ¿Te animas? ¿Nos animamos?… con la ayuda de todos, podemos ser la Iglesia del sí.

Javier Castillo Rodríguez, sj

Director del Centro Loyola de Las Palmas

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