Cuaresma 3 C

CONVERSIÓN Y SEGUNDA OPORTUNIDAD

Por Javier Castillo, sj

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Reflexiones sobre el Evangelio de Lucas 13, 1-9 (3er Domingo del Tiempo de Cuaresma del Ciclo C – 24 de marzo de 2019)

Para ser un auténtico discípulo de Jesús no basta con tener un conocimiento detallado y académico sobre su vida y su mensaje. Este conocimiento, no lo pongo en duda, es importante, sin embargo, más allá de éste, el auténtico discipulado se fundamenta en la adhesión al modo de proceder de Jesús, a hacer tan nuestras sus actitudes que terminemos pareciéndonos a Él. Siguiendo la invitación del Evangelio de la Transfiguración, podríamos decir que el discipulado tiene su máxima expresión cuando en nuestro rostro se percibe y se capta de manera diáfana el rostro del Señor que nos ha transformado, que nos ha transfigurado.

El camino de la adhesión irrestricta al modo de proceder de Jesús, aunque es altamente gratificante, es profundamente exigente. Ahondemos en tres pistas para recorrer este camino.

Eso les ha pasado por malos… La primera escena del Evangelio de hoy tiene un reminiscencia de la Doctrina de la Retribución del Antiguo Testamento. Esta forma de entender la relación con Dios afirmaba que la enfermedad o las calamidades sobrevenían a causa del pecado, eran el castigo merecido por la ruptura del pacto con el Dios de la Alianza. Es muy probable que quienes conversan con Jesús piensen de esa manera y crean que, detrás del hecho de los galileos masacrados por Pilato o de los aplastados por el derrumbamiento de la torre de Siloé, está su pecado.

Todos necesitamos convertirnos… En la segunda escena Jesús desmonta la ecuación: yo me he portado bien… por eso me va bien; ellos se han portado mal… por eso les va mal. La vida y la historia de la humanidad no es un plató de una película del Oeste en la que se define con perfección quienes son los buenos y quienes son los malos. Todos, perdonad que sea un poco dogmático en mi afirmación, tenemos necesidad de reconocer con humildad nuestras equivocaciones. En nuestro corazón, como dos polaridades en tensión, acontece una fuerza transformadora que nos hace salir de nosotros mismos dando a los demás nuestra mejor versión y, a la vez, una fuerza retenedora que, para alimentar su crecido yo, es capaz de arrollar la vida de los otros.

La tentación de sentirnos mejores a los demás frena los procesos de cambio interior y su consecuente aportación a la transformación social. La tentación de levantar nuestro dedo acusador para señalar el mal causado por los demás sin parar por un momento a mirar el daño que nosotros hemos causado o podemos causar es un acto de falta de humildad que muchos no están dispuestos a aceptar. Jesús les dice a sus interlocutores: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo”.

La humildad a la hora de reconocer nuestra fragilidad y vulnerabilidad. La humildad a la hora de reconocer los aciertos y la bondad que hay en los demás son dos buenos ingredientes para vivir con ilusión y quitar las etiquetas de “aquí lo buenos y allá los malos…”. Todos tenemos cosas buenas y todos necesitamos convertirnos.

¿Empezamos de nuevo?… Le tercera escena es una fotografía del corazón de Jesús. Cuando nos acercamos a Él con un corazón humilde, capaz de reconocer el daño que nos hemos causado y que hemos causado, no nos encontramos con la cara adusta de un juez inclemente que nos señala el camino hacia la condena y el sin sentido sino, todo lo contrario, con el Dios de las segundas oportunidades que, en un abrazo lleno de ternura y compasión, nos dice: “Volvamos a empezar”.

La segunda escena no termina en el reconocimiento de la necesidad de conversión que tenemos todos. La escena termina cuando ponemos nuestra vida en las manos de aquél que puede rehacerla de nuevo, de aquél que puede hacer que resurja la vida de las cenizas de nuestros errores.

El Dios de Jesús se congratula por el grito humilde de quien reconoce sus fallos, pero, más allá de esto, el Dios de Jesús se congratula porque la vida que resurge de las cenizas tiene un potencial ilimitado de realización. La segunda oportunidad, acompañada con los mimos del Padre-Dios que abona y quita los abrojos de alrededor, hace posible que del invierno surjan las flores y los cantos de los pájaros; hace posible que un erial se convierta en un campo fértil.

Estamos casi en el ecuador de la Cuaresma…

Es el tiempo propicio para apartarnos de la arrogancia que nos hace creer que los demás son los que necesitan cambiar para que no les vaya mal.

Es el tiempo propicio para reconocer que todos, yo también, necesitamos cambiar.

Es el tiempo propicio de reconocer los reparos que tenemos en nuestra marcha y de acoger con ilusión la nueva oportunidad que Dios nos da: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto.”

Javier Castillo Rodríguez, sj

Director del Centro Loyola de Las Palmas

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