• Primera sesión: Ministerio de la Palabra

OBJETIVO: Ubicar a la persona que va a desempeñar el oficio de lector en el papel específico que ha de prestar en la comunidad cristiana con base en el significado de ministerio, palabra y liturgia de la Palabra.

REFLEXIÓN ORIENTADORA

MINISTERIOS

Todos, por nuestro bautismo, estamos llamados a dar testimonio de la Buena Nueva a través de los diferentes medios que nos ofrece la Iglesia: reunir a los hombres y servirles construyendo la paz y la justicia.

Entendemos por asamblea la reunión de cristianos en un lugar determinado, en un tiempo concreto, CONVOCADOS POR LA PALABRA DE DIOS. La asamblea es epifanía de la Iglesia que es cuerpo de Cristo; En ella está presente Cristo (cabeza) por la reunión y proclamación de la Palabra.

La Palabra es realidad única con el sacramento en cuanto que ella hace el rito (forma más evidente de la comunicación histórico-salvífica entre Dios y el hombre) e irrumpe en la vida de quienes lo celebran portando salvación.

En la asamblea litúrgica es donde mejor se expresan todas estas actitudes del cristiano y, para ser más experiencial y visible, tiene necesidad de ministerios y servicios. Entre todas las asambleas litúrgicas, la celebración Eucarística es la más importante y se configura como centro y culmen del ser y quehacer del creyente.

“Ministerio” es una palabra latina que expresa la realidad del servicio; este concepto, que se considera como sinónimo de esclavitud-servidumbre en sentido despectivo, se convierte en el emblema de Cristo, que es el servidor por excelencia del Padre y de los hombres. (Cfr. Hch. 1, 17, 25; 6, 4; 20, 24. Rm. 11,13; 2 Cor. 4,1; 6,3.).

El término se va acuñando por la comunidad cristiana aplicándolo también al apostolado de sus miembros. Los que ejercen un ministerio en el seno de la asamblea están a su servicio y supone un “poder” o una delegación (por ejemplo: capacidad de hablar en público, de proclamar, de organizar). En la asamblea cada uno tiene su propia función: unos ofrecen sus dones, otros leen la escritura… Puede y debe haber un reparto de funciones haciéndose en un clima de acogida y de un compartir fraternal. (Cfr., 1 Cor. 11, 17-34; 13),

PALABRA

Ocupa un lugar eminente en el cristianismo: por ella fueron hechas todas las cosas (Gn.  1); luego de hablar por los profetas Dios nos habló en Jesús, palabra viva, no solo por lo que dijo, sino por su propia vida; por su resurrección, nos da el Espíritu “que nos dirá las cosas que han de venir” (Jn. 16, 13); También nos envía a nosotros: “Id y enseñad a todas las naciones” (Mt, 28, 18-20). Y los que acogen esta palabra se dejan trasformar por este “germen incorruptible” (1 P. 1,23).

Ordinariamente la palabra es la facultad natural de hablar, en forma articulada. Por la palabra el hombre transmite las ideas que se originan en el cerebro.

La Palabra de Dios se articula en el hombre para reflexionarla, expresarla, verla, y oírla. La palabra de Dios es fijada por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo por tanto es una comunicación de Dios, revelación, promesa, profecía y sabiduría divinas. La Palabra se ha hecho libro dispuesto para ser abierto y leído en medio de la asamblea (Cfr. Ez. 3, 1-11 y Ap. 5). En el libro, bien sea la Biblia completa o el leccionario se contiene todo cuanto Dios ha tenido a bien manifestar al hombre en orden a la Salvación.

Dentro de nuestra celebración litúrgica la palabra posee varias funciones:

  • De contacto: Un saludo: “‘El Señor esté con vosotros”
  • De información: anunciar, decir algo a alguien (aquí entra la función “Al servicio de la Palabra”)
  • De expresión: Se expresan sentimientos de gozo, de dolor, de admiración
  • De estética: Jugar con nuestro lenguaje. Elaborarlo, poetizarlo.
  • De impresión: Se invita, se convence, se exhorta, se amenaza, se anima.
  • Per-formativa: Formula directamente la acción que significa, es una palabra-acto (un juramento, el intercambio de consentimientos en una boda)

La palabra debe ser “servida” adecuadamente para que Cristo llegue a la celebración. La unidad del mensaje anunciado a los destinatarios debe cuidar el lenguaje, adaptación, creatividad, conocer las leyes de la comunicación y conocer la asamblea.

LITURGIA DE LA PALABRA

En lo que puede llamarse “culto sinagogal” del judaísmo posterior al exilio tuvo una importancia creciente la lectura de los libros de la Sagrada Escritura y su correspondiente comentario. En el Nuevo Testamento hay numerosas referencias a libros del A. T., cuyos textos eran conocidos de memoria o también por las lecturas. (2Tim. 4, 13).

Detrás del empleo, tanto judío como cristiano, de los libros de la Escritura se percibe la convicción de que esas palabras tienen una importancia muy especial como expresión de los designios salvadores de Dios; “Toda Escritura inspirada por Dios es útil para enseñar, para argumentar, para corregir, y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfeccionado y preparado para toda obra buena” (2 Tm, 3, 16s).

Una denominación corriente en los escritos espirituales cristianos a partir del siglo XV es el hablar de las “dos mesas” en que Dios alimenta a su pueblo: la “mesa de la Escritura” con que se nutre la fe y la “mesa de la Eucaristía” en que nos da el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este tópico ha sido asumido en la constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II # 21 y 25.

El pasaje de EMAÚS muestra de una manera clara la forma que tienen hoy nuestras celebraciones: hay primero una palabra anunciada y recibida; luego una palabra celebrada y finalmente una palabra vivida.

Palabra anunciada y recibida: Los discípulos cuentan lo sucedido aunque no ven su sentido. Jesús les explica la escritura. Los discípulos no comprenden todavía. Hay una brecha: Quédate con nosotros Señor (palabra recibida), su fe camina.

Palabra celebrada: Se da la fracción: la palabra se hace acción, abre sus ojos. Jesús desaparece; se hace presente en la celebración.

Palabra vivida: Volver a Jerusalén; es la fe vivida en la Iglesia, compartida y verificada.

EL MINISTERIO DE LA PALABRA

San Justino en el siglo II, es el primer escritor católico que habla del oficio del lector en las reuniones litúrgicas y se refiere a él como un cargo distinto al de presidir la celebración y distinto también al del oficio del diácono. San Hipólito romano, en el siglo III enumera el oficio entre los ministerios eclesiásticos. También encontramos testimonios acerca de los lectores en cartas de San Cornelio y San Cipriano.

Así se abrió el camino al reconocimiento del oficio del lector como una de las “Órdenes menores” que se confirieron durante largos siglos, aunque ya desde fines de la Edad Media solo tuvieron una existencia simbólica y como prerrequisito para las Órdenes mayores, a pesar del deseo del Concilio de Trento de volver a darle vigencia práctica. En todo caso, estas “Órdenes” formaban parte del clero: quien era lector en virtud de la ordenación correspondiente, era un clérigo, y nadie podría recibir la ordenación de lector sin haber sido previamente adscrito al clero mediante la ceremonia de tonsura clerical.

En el año 1972, el Papa Pablo VI en virtud del Motu Propio “Ministeria Quaedam”, suprimió las Órdenes menores en la Iglesia latina y estableció los “ministerios” estables de lector y acólito, los cuales son laicales, o sea, no adscriben a sus titulares al clero, aunque sí deben ser recibidos previamente y ejercitados por quienes son candidatos a las Sagradas Órdenes. Pero es posible que un laico reciba uno de estos ministerios o ambos, sin que tenga intención de acceder posteriormente a las Órdenes.

Estos servicios son reconocidos por la Iglesia local mediante un acto litúrgico o simplemente por un nombramiento, un servicio que supone cierta duración. El código de derecho canónico establece que “por encargo temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en las funciones litúrgicas…”. El “Bendicional Romano”, ha introducido especiales bendiciones para los fieles que van a desempeñar ciertos ministerios en la Iglesia, como son los de catequista, lector o acólito que cumplen la función de proclamar habitualmente las lecturas bíblicas en la Eucaristía y en las demás celebraciones litúrgicas.

Los lectores desempeñan de ordinario las siguientes funciones: Proclamar las lecturas de la Sagrada Escritura exceptuada la del Evangelio; recitar el salmo interleccional a falta del salmista; proponer las intenciones de la oración, y dirigir el canto y la participación de los fieles en caso de la ausencia del diácono o del cantor.

“Si tu voz no suena,

no resonará la Palabra de Cristo;

Si no das bien el sentido,

el Pueblo no podrá comprender la Palabra;

Si no das la debida expresión,

la Palabra perderá su fuerza”.

San Agustín

TAREA – MISION Y COMPROMISO

El lector posee una función propia: leer la Palabra de Dios en las asambleas litúrgicas. Para realizar mejor y más perfectamente estas funciones, debe meditar con asiduidad la Sagrada Escritura. Dice Paulo VI: “El lector, consciente de la responsabilidad adquirida, procure con todo empeño y ponga los medios aptos para conseguir cada día un mejor conocimiento y un suave y vivo amor de la Sagrada Escritura para llegar a ser más perfecto discípulo del Señor”.

Ser mensajero de la Palabra de Dios, es recibir un ministerio especial para con el pueblo de Dios y para el servicio de la fe que tiene raíz y fundamento en la Biblia. En esta forma y por la colaboración del lector, todos podrán llegar al conocimiento de Dios Padre y de su Hijo Jesucristo enviado por éI, y así alcanzar la salvación.

Es necesario ser dóciles a la Palabra de Dios que se proclama; recibirla, meditarla con diligencia, para que progresivamente se adquiera conocimiento y afecto por la misma. El ministro de la Palabra no solo tiene la función de proclamar, sino de ser penetrado y transformado plenamente por ella, para así, anunciarla con fidelidad a sus hermanos.

Estar “Al Servicio de la Palabra” es procurar que el mensaje de Dios se haga más vivo y eficaz en el corazón de los hombres. Son muchas las tareas a las que nos enfrentamos como servidores, pero la Iglesia confía en nosotros y hemos de prepararnos y evaluar nuestras tareas.

Versión para imprimir – Ficha 1 – Ministros de la Palabra

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