Todo empezó con un ángel y una muchacha.

El ángel se llamaba Gabriel. La muchacha María. Y los dos estaban desconcertados. Ella porque no acababa de entender lo que estaba ocurriendo. El, porque entendía muy bien que con sus palabras estaba empujando el quicio de la historia y que allí, entre ellos, estaba ocurriendo algo que él mismo apenas se abrevia a soñar. La escena ocurría en Nazaret, ciento cincuenta kilómetros al norte de Jerusalén. Un poblacho escondido en la hondonada. El antiguo testamento ni siquiera menciona su nombre. ¿Qué habría que decir de aquellas cincuenta casas agrupadas en torno a una fuente y cuya única razón de existir era la de servir de descanso y alimento a las caravanas que cruzaban hacia el norte y buscaban agua para sus cabalgaduras. Las riñas y trifulcas -tan frecuentes en los pozos donde se juntan caravanas y extraños- era lo único que la fama unía al nombre de Nazaret. Y no tenían mejor fama las mujeres del pueblo: A quien Dios castiga -rezaba un adagio de la época- le da por mujer una nazaretana. Y una nazaretana era la que, temblorosa, se encontrará hoy con un ángel resplandeciente de blanco…

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El texto evangélico nos dice que el ángel “entró» a donde estaba ella. Podemos, pues, pensar que fue en la casa… que tal y como hoy nos muestran las excavaciones arqueológicas: medio gruta, medio casa, habitación compartida probablemente con el establo de las bestias; paredes desnudas de la piedra y el adobe; esterillas que cubrían el suelo de tierra batida; sin reclinatorios; sin sillas, porque sólo los ricos las poseían. Sólo fue eso: un ángel y una muchacha que se encontraron en este desconocido suburbio del mundo, en la limpia pobreza de un Dios que sabe que el prodigio no necesita decorados ni focos.El ángel se llamaba Gabriel. María Se turbó de sus palabras, no de su presencia. Reconoció, incluso, que era un ángel, a pesar de su apariencia humana y aunque él no dio la menor explicación.

Su mundo no era el nuestro.Las páginas que oía leer los sábados en la sinagoga hablaban de los ángeles sin redoble de tambores, con «normalidad». Y con normalidad le recibió María. Gabriel es el «Dios se ha mostrado fuerte». La débil pequeñez de la muchacha y la fortaleza de todo un Dios se encontraban así, como los dos polos de la más alta tensión. Y el ángel «mensajero» cumplió su misión, realizándose en palabras: ¡Alégrate, llena de gracia! ¡El Señor está contigo! (Lc 1, 26) qué podía significar aquel saludo … en aquel momento se le abría ante los ojos un paisaje tan enorme que casi no se atrevía a mirarlo. A María se le encendía de repente, como una antorcha…Y lo que el ángel parecía anunciar era mucho más ancho de lo que jamás se hubiera
atrevido a imaginar. Por eso se turbó, aunque aún no comprendía.

Un silencio interminable
¿Cuánto duró el silencio que siguió a estas palabras? Ciertamente para María aquel momento fue inacabable. Sintió que toda su vida se concentraba se organizaba como un rompecabezas. Empezaba a entender por qué aquel doble deseo suyo de ser virgen y fecunda. Empezaba a entenderlo, sólo «empezaba»… Terminaría de entenderlo el día de la resurrección, pero lo que ahora vislumbraba era ya tan enorme que la llenaba, al mismo tiempo, de alegría y de temor. La llenaba, sobre todo, de preguntas. El ángel hablaba de un niño. De un niño que debía ser concebido por ella… el camino para esa fecundidad era demasiado misterioso para ella. Por eso preguntó, sin temblores, pero conmovida: ¿Cómo será eso, pues yo no conozco varón? La pregunta era, a la vez, tímida y decidida.

Que la venida que el ángel anunciaba era la del Mesías no era muy difícil de entender. Todas estas frases eran familiares para la muchacha. ¿Cómo no sentir vértigo? Ahora era el ángel quien esperaba en un nuevo segundo interminable. Dios estaba multiplicando su alma y pidiéndole que se la dejara multiplicar. No era acercarse a la zarza ardiendo de Dios, era llevar la llamarada dentro… sus sueños de muchacha habían terminado. Aquel río tranquilo en que veía reflejada su vida se convertía, de repente, en un torrente… No se puede entrar en la hoguera sin ser carbonizado. Su pequeña vida había dejado de pertenecerle. Ahora sería arrastrada por la catarata de Dios… Y el ángel esperaba, temblando también. No porque dudase, sino porque entendía. Casaldáliga lo ha contado así: “Como si Dios tuviera que esperar un permiso… Tu palabra seria la segunda palabra y ella recrearla el mundo estropeado como un juguete muerto que volviera a latir súbitamente. De eso, sí, se trataba: del destino del mundo, pendiente, como de un hilo, de unos labios de mujer.”

La muchacha-mujer dijo: He aquí la esclava del Señor. Hágase en mi según tu palabra. Dijo «esclava» porque sabia que desde aquel momento dejaba de pertenecerse. Dijo «hágase» porque «aquello» que ocurrió en su seno sólo podía entenderse como una nueva creación. No sabemos cómo se fue el ángel. No sabemos cómo quedó la muchacha. Sólo sabemos que el mundo había cambiado. Fuera, no se abrieron las flores. Fuera, quienes labraban la tierra siguieron trabajando sin que siquiera un olor les anunciase que algo había ocurrido… Sólo Dios, la muchacha y un ángel lo sabían. Dios había empezado la prodigiosa aventura de ser hombre en el seno de una mujer.

Y DIJO SÍ! - Canción a la anunciación de la virgen María - Héctor Rial -  YouTube

A la altura del corazón
¿Fue todo así? ¿O sucedió todo en el interior de María? ¿Vio realmente a un ángel o la llamada de Dios se produjo más misteriosamente aún, como siempre que habla desde el interior de las conciencias? No lo sabremos nunca. Pero lo que sabemos es bastante: que Dios eligió a esta muchacha para la tarea más alta que pudiera soñar un ser humano; que no impuso su decisión, porque él no impone nunca; que ella asumió esa llamada desde una fe oscura y luminosa; que ella aceptó con aquel corazón que tanto había esperado sin saber aún qué; que el mismo Dios – sin obra de varón- hizo nacer en ella la semilla del que seria Hijo de Dios viviente. ¿Qué importan, pues, los detalles? ¿Qué podría aportar un ángel más o menos? Tal vez todo ocurrió a
la altura del corazón. No hay altura mas vertiginosa.

Extracto de texto de “José Luis Martín Descalzo